Quizá por desconocimiento, quizá porque nunca llegábamos hasta ese período en las clases de historias o quizá porque suponía que nada bueno podía esconderse detrás de esa palabra (Apartheid), mi interés por este tema ha superado siempre al conocimiento que de él tenía. Por ello, deseaba leerme este libro desde que conocí su existencia a la espera de que el gran Clint sacara la película y lo llenaran de oscars( y sino le llenan da igual es inmortal)  Carlin el periodista del Pais que escribió el libro no decepciona.  Centra la historia en la llegada de la democracia a la nación del cono sur africano, esto es, entre 1985 y 1995. Sin embargo, John Carlin tiene el acierto de ir rodeando el relato de pinceladas anteriores a esta fecha que nos ayudan a comprender cómo se ha llegado a esa situación, así como situar a los diferentes personajes que transitan por la historia y que, por tanto, jugaron un papel determinante en el cambio pacífico que sufrió el país sudáfricano.

No tardamos, pues, en conocer las atrocidades de un sistema que era una copia exacta del nazismo, con ese afán deshumanizador que en Sudáfrica estaba totalmente instuticionalizado. Pronto nos empezarán a sonar las Leyes de áreas separadas o la Ley de Servicios separados, que poca más explicación necesitan. El relato sobre lo milagroso del milagro sudáfricano empieza precisamente en el momento cumbre, en los albores de la victoria definitiva, el 24 de junio de 1995, el día que Sudáfrica se preparaba para gritar al mundo como una sola nación, como un solo equipo. A continuación, Carlin hace una retrospectiva de diez años, para de manera cronológica irnos contando los avances y retrocesos en la conquista de sus enemigos que inició Mandela desde la cárcel. Así conoceremos como el genio político de Mandela consiguió evitar una guerra civil, predispuso unas elecciones democráticas y alcanzó la presidencia de su país. Ya como presidente del gobierno su anhelo de unión entre blancos y negros de forma espontánea y emocional fue mucho más sencillo. De hecho, él había descubierto hace mucho tiempo la clave del éxito: “no hay que apelar a su razón, sino a sus corazones”. Y Mandela quiso ganarse esos corazones con el deporte, pero no con un deporte cualquiera, sino con el deporte mayoritario de los blancos, el rugby.

Tal y como cuenta El factor humano, el ex-presidente Sudáfricano sostiene que el deporte tenía y tiene el poder de inspirar, de unir a la gente como pocas otras cosas. Fue un acontecimiento en el que se plasmó todo aquello por lo que Mandela luchó y sufrió en su vida. La final de la Copa del Mundo de Rugby de 1995. La conquista del unicornio oval. La Selección de Rugby de Sudáfrica o los “Springboks” era el mayor símbolo del Apartheid (segregación racial establecida por la minoría blanca, que motivó que la nación africana fuera apartada durante muchos años de las competiciones internacionales), y a él se aferró Nelson Mandela para elevar al XV del Antílope al trono mundial. Para su fín, el presidente sudáfricano respetó la casaca verde y dorada de los Springboks que convirtió en símbolo nacional tras aparecer enfundada en ella en la final del Mundial, el himno de los Afrikaans (la minoría blanca), al que unió el himno revolucionario de la raza negra (Nkosi Sikelele) y todo ello amparado por una nueva bandera que representaba a la nación multicolor. Así, la campaña iniciada por los Springboks en 1994 (un equipo, un país) no pudo tener mejor final.

Tras leer El factor humano, uno termina dándose cuenta de que en esta ocasión el héroe es de carne y hueso. El verdadero factor humano se llama Nelson Mandela, él fue quien hizo posible el milagro. Con su capacidad innata para seducir al oponente, -creo que nadie como él se mueve mejor en las distancias cortas- y su tenaz deliberación de utilizar el mundial de rugby de 1995 para sellar la paz y cambiar el curso de la historia. Su prioridad fue sentar las bases de la democracia, construirla a prueba de bombas. Mandela utilizó el deporte para esa reconstrucción nacional y para promover todas las ideas que creían que conducirán a la paz. La final de aquel mundial culminó con la victoria sudafricana en el último minuto, y fundió en un abrazo a negros y blancos en el ejemplo más inspirador que ha visto la humanidad. La nueva nación sudáfricana se salvó con aquel partido. Una obra maestra, en definitiva, de John Carlin que ilustra el genio político de Mandela, el talento que desplegó al ganarse a negros y blancos, y enterrar el hacha despreciable de la discriminación racial, al sacar a relucir, en palabras de Abraham Lincoln, a “los ángeles buenos” de la naturaleza. El libro sirve además para alejarnos de todos los prejuicios y erróneas suposiciones existentes tanto en el deporte, y más concretamente en el ‘rudo’ y ‘espectacular’ rugby, como en la propia humanidad y sus diferentes razas. Totalmente recomendable, por tanto, para realizar un acercamiento a ese país que hoy brilla radiante ante los desafíos que se le plantean en el futuro para seguir alimentando su identidad nacional: el primero, el Campeonato del Mundo de Fútbol de 2010.

Para los mas perezosos, Clint ha realizado un excelente trabajo en su película Invictus. Aunque Avatar puede apagar este año las luces de grandes películas.

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